miércoles, 12 de octubre de 2011

Un primer día en Libertad


Cuando la libertad llegó a su vida el hombre de aspecto senil y muy apagado vio una luz mientras observaba la playa en el amanecer, como si Dios le hubiera dado una nueva oportunidad de vida, un nuevo día. Sus ojos se llenaron de lágrimas y la emoción rebalsaba su ser, corrió hacia la arena y al intentar cogerla, a pesar de que esta se le resbalaba de sus manos le hizo sentir la mayor libertad posible en su ser. Al contraste de haber vivido mucho tiempo en aguas grises furiosas que no lo dejaba salir y  lo hacían sentir ahogado, a estar en aguas calmadas y celestes que le otorgaron la calma y sensación de libertad. Este amanecer, le daba ideas de cómo renacer y nuevas oportunidades para su vida, las cuales anhelaba y extrañaba hace mucho tiempo.
A sus ojos llegaba la visión de la arena blanca y áspera como su piel, después de tantos años de suplicio. El calor del sol y el cielo azul como el mar, le producían una sensación de calma y sosiego al triste hombre. Palmeras fértiles con cocos frescos y sabrosos, un sabor que no había sentido hace mucho tiempo por él. En medio del mar, una isla desierta y solitaria que cada vez que la miraba, le daba un retortijón en la espalda, parece que le hacía recordar a su soledad interna, a la cual no pretendía ver en un lejano tiempo.
Al llegar el atardecer, una sinfonía de colores pintaron el cielo azul en diferentes tonos de amarillo, naranja y rojo. En el mar estos colores se reflejaban y teñían la arena blanca en color oro. Los bufeos chapoteaban y sus revoloteos hacían que pequeñas gotitas como escarcha se desprendan del mar. Las gaviotas se posaban en  la orilla para comer pequeños crustáceos, otras preferían pescar a pequeños pececitos que nadaban muy cerca a la superficie. El sol, prácticamente, ya estaba desapareciendo de su visión, y en el cielo la sinfonía de colores de la tarde se perdían y se llenaba de oscuridad.
Llego la noche y el único ruido era el sonido de las olas en la orilla. Para él había llegado una nueva oscuridad a la cual ya no temía, porque no habían rejas que lo encierren, sino un cielo lleno de estrellas, una luna tan radiante que parecía que le sonreía y la arena tibia que lo acurrucaba mientras descansaba echado en esta. L a isla en medio del mar ya no se veía por la oscuridad, mas solo la espuma del mar se llevaba consigo los malos y  turbios recuerdos que padeció tiempo atrás.


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